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La poesía que quiso y no pudo
le pidió que interpretara el circuito de silencios que la mirada inquieta dibuja cuando el sol instala su pregunta en el dintel de la ventana.
Que descifrara esa especie de tristeza ─ casi un naufragio ─ que lleva inscripta en la palma de la mano y en uno que otro suspiro que humedece la mañana.
La invitó a contar los pasos y a prevenir la caída en los interminables inviernos en los que el fuego no le alcanza para nada.
Su insistencia
la llevó a la absurda pretensión de creer que un sueño puede guardarse en la cartera en un pañuelo en alguno de los desérticos nidos que esperan a nadie desde su balcón.
Entonces sintió que se podía
y salió al cruce del verso que un día habrá de desmentirla mientras, sin quererlo, siquiera, conserva en secreto, el bosquejo de su última palabra.
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